La relevancia de las competencias del coaching ontológico en el acompañamiento de la enfermedad, la pérdida y el duelo

Enfermarse, perder a alguien significativo o atravesar un duelo son experiencias que no solo afectan el cuerpo o las circunstancias externas de una persona: sacuden su identidad, su relación con el tiempo y su manera de habitar el mundo. Frente a esto, el acompañamiento profesional que se brinda necesita de un conjunto de habilidades relacionales que van más allá del conocimiento técnico.

Aquí es donde el coaching ontológico, entendido como una disciplina centrada en el observador que cada persona es, en la que la coherencia expresada en su narrativa, emocionalidad y disposición corporal configura su realidad, aporta un marco de competencias que puede enriquecer —no sustituir— el trabajo interdisciplinario en salud, pérdida y duelo.

El fondo ontológico: observador, lenguaje y emocionalidad

El coaching ontológico parte de un postulado central: los seres humanos no solo describimos la realidad a través del lenguaje, sino que en buena medida la generamos con él. Cada persona es un “observador” particular, constituido por su historia, sus creencias y su cultura, y ese observador puede transformarse. Aplicado a la enfermedad o el duelo, este enfoque no niega el dolor ni lo minimiza; ofrece la posibilidad de que la persona explore y reflexione desde qué lugar está interpretando lo que le ocurre y qué margen de acción —emocional, relacional, de sentido— conserva incluso en medio de la pérdida.

Esta mirada se sostiene sobre tres dominios que el coach observa y trabaja de manera integrada: el lenguaje (la narrativa que la persona construye sobre lo que vive), la emocionalidad (los estados de ánimo y emociones que atraviesa) y la corporalidad (cómo el cuerpo expresa y sostiene ese proceso). Ningún acompañamiento en enfermedad o duelo puede prescindir de estos tres planos.

En el Modelo de Competencias Clave de ICF, las siguientes competencias no solo sostienen el acompañamiento, sino que además fortalecen la práctica.

Práctica ética con límites claros. Implica mantener las distinciones entre coaching, consultoría, psicoterapia y otras profesiones de apoyo, así como remitir a otros profesionales cuando corresponda. En duelo y enfermedad, esto se traduce en una responsabilidad central. El coach no diagnostica ni trata; sostiene un espacio complementario y sabe cuándo el proceso necesita un abordaje terapéutico, como la psicología o la psiquiatría.

El bienestar del propio coach. Una novedad importante del modelo 2025 es la insistencia en que el coach mantenga su bienestar emocional, físico y mental antes, durante y después de cada sesión, y que busque ayuda externa cuando lo necesite. Acompañar procesos de pérdida y enfermedad, de forma sostenida, puede ocasionar un desborde emocional. De ahí la relevancia del autocuidado del coach.

Presencia en la incertidumbre. El modelo redefine “sentirse cómodo en un espacio de no saber” como sentirse cómodo trabajando en un espacio de incertidumbre, y añade la capacidad de reconocer lo que va aflorando a nivel personal y para el cliente en el momento presente. Pocas experiencias humanas son tan inciertas y vulnerables como una enfermedad o una pérdida. Un coach que puede sostener esa incertidumbre sin apurar respuestas ofrece algo muy distinto a quien intenta resolver el dolor con fórmulas o ritmos acelerados.

Escucha activa. Implica capturar lo que la persona dice y lo que todavía no logra verbalizar, integrando su tono, su cuerpo y sus silencios, sin imponerle un relato ajeno sobre su propio proceso.

Evocar conciencia, no imponer sentido. El coaching no da a la persona doliente un “sentido” prefabricado de su pérdida. A través de preguntas y de compartir observaciones sin apego a un resultado, ayuda a que la propia persona descubra qué recursos, sentido y posibilidades siguen disponibles, o cuáles puede empezar a incorporar.

Sostener el proceso en el tiempo. Por último, implica colaborar con el cliente para integrar lo aprendido y mantener el progreso a lo largo de todo el compromiso de coaching. El duelo no se resuelve en una sesión ni en un mes: es un proceso oscilante, y el acompañamiento necesita ser un espacio sostenido.

Diálogo con los modelos de duelo y enfermedad

Los marcos teóricos del duelo ofrecen un mapa que las competencias de coaching pueden acompañar sin sustituir. El modelo de las cuatro tareas de William Worden —aceptar la realidad de la pérdida, procesar el dolor emocional, adaptarse a un mundo sin la persona ausente y reubicarla emocionalmente mientras se continúa viviendo— describe un proceso activo, no lineal, que el doliente va resolviendo. Las competencias de presencia y escucha activa son especialmente pertinentes en la segunda tarea, donde se trata de permitir la expresión del dolor sin apuro; evocar conciencia cobra sentido en la cuarta, cuando la persona empieza a explorar cómo resignificar el vínculo con quien ya no está.

El modelo del proceso dual de Stroebe y Schut, por su parte, describe una oscilación natural entre momentos orientados a la pérdida (recordar, sentir tristeza) y momentos orientados a la reconstrucción (retomar rutinas, mirar hacia adelante). Un coach ontológico entrenado puede ayudar a que la persona reconozca esa oscilación como parte normal del proceso, en lugar de vivirla como una incoherencia que genera aprensión. La práctica del coaching no busca apurar el dolor ni llenar el silencio con respuestas fáciles. Su verdadero valor está en acompañar a la persona para que siga siendo protagonista de su propia historia, incluso cuando la enfermedad o la pérdida la hacen sentir que ya no tiene el control de nada. Cuando este acompañamiento camina de la mano con el trabajo clínico y terapéutico, se convierte en un aliado genuino. Y reconocer hasta dónde llega —con humildad, sin pretender abarcarlo todo— es, quizás, la forma más honesta y genuina del espacio de coaching.


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