“Si el líder de RR.HH. no logra poner el talento sobre la mesa con datos y riesgos concretos, no está liderando, simplemente está administrando la inercia”

En la industria minera actual, la gestión del talento ha trascendido el ámbito tradicional de los Recursos Humanos para convertirse en un activo crítico que impacta directamente en la seguridad, la productividad y la continuidad del negocio. El desafío ya no reside únicamente en atraer personal, sino en establecer una gobernanza del talento sólida que elimine la variabilidad de los estándares operativos y mitigue los riesgos financieros derivados de una sucesión frágil o un liderazgo sin rendición de cuentas. Cuando las decisiones sobre las personas carecen de criterios claros y trazables, la meritocracia se desvanece, dando paso a una cultura de control variable que se traduce en incidentes y sobrecostos operativos. Por ello, elevar este tema a la agenda estratégica del C-Level es fundamental para garantizar que el talento sea el motor de la sostenibilidad y no un riesgo latente en la operación.

Para profundizar en este enfoque sistémico, conversamos con Carlos Hernández, Gerente de Gestión del Talento en Pan American Silver Corp., quien sostiene que el líder de HR debe actuar como un “arquitecto organizacional” capaz de diseñar la infraestructura invisible que sostiene la operación. Con una visión crítica hacia los modelos convencionales, Hernández enfatiza que la relación entre RR.HH. y la alta dirección debe ser de copropiedad: mientras la operación es dueña de los resultados, Gestión del Talento debe ser dueña del sistema, aportando evidencia rigurosa sobre roles críticos y preparación de sucesores para evitar que el negocio decida por intuición.

¿Por qué hoy el gobierno del talento debe ser una prioridad estratégica para la alta dirección minera y no solo una responsabilidad del área de RR.HH.?

Porque en minería el talento dejó de ser un tema “blando”, para ser considerado un activo crítico para seguridad, productividad y continuidad del negocio. Y diferenciarlo ahora es absolutamente necesaria y clave, ya que el talento no es el riesgo. El riesgo aparece cuando este activo no tiene gobernanza. Como, por ejemplo, cuando el estándar depende del jefe de turno, cuando la sucesión es frágil, cuando se pierde conocimiento de los expertos de la operación, cuando el liderazgo evita rendir cuentas…, es ahí cuando el talento se convierte en un riesgo operativo y financiero real. Ya hablando del talento en estos términos, es donde tiene que aparecer en la agenda del CEO, del COO y de la alta dirección.

Ahora, ojo: decir “la alta dirección debe” no exime a RR.HH. de nada. Al contrario. Si el C-Level no está discutiendo “el talento de las personas” con la misma seriedad con la que discute producción o la seguridad, es porque RR.HH. y especialmente el que lidera el área no instaló las bases necesarias para el gobierno del talento.

Y aclaro algo para que se entienda bien: cuando hablo de gobierno o gobernanza del talento, no hablo de burocracia ni de comités de todo tipo que como RRHH nos encanta crear. Hablo de ¿quién decide?, ¿con qué criterios?, ¿cada cuánto tiempo? y ¿con qué consecuencias? se toman decisiones sobre personas, como ¿a quién contratas?, ¿a quién promueves?, ¿a quién desarrollas?, ¿a quién mueves y a quién separas?. Si esta gobernanza no existe, las decisiones se perciben como personales: por cercanía, urgencia o favoritismo… y ahí muere la meritocracia.

El líder de RR.HH. debe ser un arquitecto organizacional que diseñe la infraestructura invisible que sostiene la operación, en donde se defina los estándares, los roles críticos, la sucesión, la movilidad, el desarrollo, el desempeño, y un sistema de consecuencias que haga coherente lo que se dice o predica con lo que se premia. Y aquí viene lo que incomoda: si el C-Level sigue tratando a RR.HH. como un “back office”, es porque RR.HH. ha preferido la logística al liderazgo y la comodidad al conflicto.

Entonces, la relación de RRHH con el C-Level en la gobernanza del talento debe ser de copropiedad: la operación debe comprender que es dueña del resultado; y RR.HH. es dueño del sistema. Si un líder de RRHH no logra poner este tema sobre la mesa, con datos, riesgos concretos y decisiones exigibles, no está liderando, simplemente está administrando la inercia.

En un entorno de alta exigencia y riesgo permanente, ¿qué consecuencias reales tiene para la sostenibilidad del negocio no gestionar el talento como un activo crítico?

El problema no está en el “reporte de clima laboral”. El clima es solo un termómetro de percepciones, y esas percepciones son el puente entre cultura y resultados. La cadena es directa: cultura real (cómo se lidera, cómo se decide, cómo se asignan recursos y qué se tolera) provoca percepciones (justicia-injusticia, coherencia-incoherencia, favoritismo-imparcialidad, confianza-desconfianza); esas percepciones generan conductas (participación o silencio, cumplimiento o atajo, reporte u ocultamiento, innovación o resignación); y esas conductas impactan el desempeño de las personas y, finalmente, los resultados de la operación: disponibilidad operativa, avances, tonelaje, recuperación, leyes, onzas e ingresos. Si RR.HH. no sabe explicar esa causalidad, el directorio seguirá creyendo que hablar de “clima” es subjetivo o gaseoso.

Para comprender mejor lo mencionado y llevarlo a la cancha, podemos decir que cuando el talento no se gobierna como un activo crítico, el estándar se vuelve variable. Cada guardia opera de manera diferente, deciden de forma distinta; los procedimientos que hoy se respetan, mañana se omiten; los controles dependen del criterio y estado de ánimo del jefe y no del sistema que lo debe gobernar. Eso es una cultura que normaliza la pérdida de control. Y en minería, perder control se paga en reprocesos, incidentes, productividad e incremento del costo unitario.

Y ya hablando de riesgos, hay uno que aparece en una paradoja que RR.HH. suele manejar mal. Invertir en sucesores, HiPo y liderazgo futuro es una de las grandes estrategias que la gestión del talento debe promover y asegurar en las organizaciones, en eso no hay discusión, es lo que se debe de hacer, porque permite construir ese pipeline que asegura continuidad y futuro del mediano y largo plazo. Eso es ser habilitador del negocio y no soporte. Pero si en ese esfuerzo muchas veces hace que volvamos invisible a los que sostienen la operación hoy, eso es disparamos al pie. Porque el negocio no se sostiene con el 5% “del liderazgo futuro”; se sostiene con la mayoría de las personas que en este momento (hoy) cumple consistentemente en su rol y también con un grupo pequeño, pero crítico de expertos que sin buscar crecer jerárquicamente mantiene el estándar, enseña, corrige y evita que la operación se rompa. Cuando pierdes la visibilidad y gestión sobre este importante núcleo, no solo pierdes gente: pierdes eficiencia hoy y pierdes memoria operativa. Y ahí el sistema se vuelve frágil y la continuidad de la operación se ve comprometida.

Y cuando el sistema se vuelve frágil, el liderazgo entra en modo bombero para apagar incendios. Todo se sostiene por presión y seguimiento constante, no por diseño. Ahí aparece el desgaste crónico: supervisores sobrecargados, equipos cansados, decisiones reactivas y una organización que normaliza el “así es aquí”.

Por eso, si el estándar se vuelve variable, falló el negocio y también falló RR.HH. La línea falló por no sostener disciplina, y RR.HH. falló si no instaló gobierno real, ósea no se definió criterios, decisiones y consecuencias, con revisión y corrección de ser el caso, que logre poner el talento en agenda con un ritmo fijo (mensual o trimestral) para revisar datos, decidir y corregir. Si lo ves una vez al año, no es gobierno: tramite, burocracia y archivo.

Y cierro directo: cuando RR.HH. no instala esa disciplina, no está habilitando la operación. Está administrando la inercia: apaga incendios, ejecuta procesos, arma reportes… pero no mueve las palancas que cambian conductas y sostienen el estándar bajo presión.

¿Qué tan preparada está la industria minera para enfrentar brechas de sucesión en posiciones clave y qué errores se siguen repitiendo en este proceso?

Depende de qué entiendas por “preparada”. Si estar “preparado” es tener dashboard, matrices, listas y comités, muchas empresas lo tienen y pueden mostrar un orden con eso. Pero si estar “preparado” significa que mañana se te va una persona que ocupa un rol crítico y tú puedes que responder con evidencia quién entra, por qué está listo y qué riesgo se asumes, ahí la historia cambia.

Parte de la industria todavía opera con una falsa sensación de preparación: parece que hay sucesión, pero en realidad hay intención. Y se nota cuando el reemplazo depende de acciones heroicas, de improvisación o de “traerlo del mercado” a última hora.

Los errores que se repiten son bastante claros:

Primero, confundir sucesión con lista. Una lista es un inventario. La sucesión real es un sistema de roles críticos definidos, criterios que define su nivel de preparación, exposición a complejidad, entrenamiento, rotaciones, proyectos, reemplazos temporales y una revisión o seguimiento. Si lo ves una vez al año, nuevamente, no es sucesión: es provocar crecimiento lanzando una moneda al aire.

Segundo, confundir desempeño pasado con potencial futuro. En minería como en cualquier negocio serio esto es letal, porque el “buen operador” suele ser promovido por resultados, pero el liderazgo o la posición siguiente exige evidencias adicionales: criterio, aprendizaje, manejo de conflicto, toma de decisiones bajo presión y madurez para sostener estándares sin romper al equipo. El desempeño te dice lo que ya hizo, describe el pasado; el potencial es una hipótesis que se valida con evidencia para proponer que la persona está lista para asumir con éxito la posición siguiente. Si promocionas solo por performance o por antigüedad, estás apostando la continuidad de la operación.

Tercero, no gobernar la transición. Y aquí, muchos nombramientos se hacen “por reemplazo”, no por preparación. Se desarrolla después del daño: ya en el cargo (lo promuevo para formarlo), ya con el equipo fracturado, ya con la curva de aprendizaje costándole a la operación. La sucesión madura desarrolla y prepara antes del cargo, no después de la crisis.

Cuarto, creer que sucesión es solo liderazgo jerárquico. Aquí se pierde muchísimo valor, si tu sistema solo reconoce a los “promocionables” y no protege a expertos críticos, te quedas sin memoria operativa y sin formadores internos. La continuidad no la garantizan solo los futuros gerentes o lideres; también la garantizan los especialistas que sostienen el estándar hoy cumpliendo en rol con total solidez y consistencia.

Pero en verdad, hay una parte incomoda en todo esto: cuando la sucesión falla, no es un problema “de RR.HH.” ni “de la operación” por separado. Es un problema de gobierno del talento, en donde la línea es dueña del resultado, y RR.HH. como arquitecto del sistema, es dueño de que exista método, evidencia, revisión, seguimiento y consecuencias. Si el gestor de recursos humanos no puede poner eso sobre la mesa y exigirlo, la sucesión seguirá siendo una ruleta, una moneda al aire… y en minería jugar a la suerte se pagan caro.

¿Cómo se puede garantizar una meritocracia real en organizaciones complejas, donde la experiencia, la antigüedad y la presión operativa suelen pesar más que el desempeño y el potencial?

La meritocracia real no se define en un documento o en un reporte a la gerencia general, ni tampoco se aprueba en un comité; se prueba en la base de la organización, en el comedor, en la guardia y en el turno. Ahí la gente decide si cree o no cree. Y cuando no cree, el sistema se cae, aunque sea “perfecto” en el reporte o en los dashboard. Por eso hay que hacer una distinción que cambia todo: justicia técnica versus justicia percibida. La justicia técnica es cuando tu proceso está bien diseñado en papel: criterios claros, calibraciones, trazabilidad, reglas parejas; desde arriba se ve ordenado y defendible. Pero la justicia percibida es cuando la gente siente que ese proceso es legítimo, entiende por qué alguien progresa, ve coherencia y percibe imparcialidad. Y aquí está la trampa de la coherencia: puedes tener justicia técnica impecable y aun así escuchar “aquí ascienden solo los preferidos”, porque cuando las decisiones no se entienden, el vacío lo llena el rumor.

Garantizar meritocracia real implica operar con mecanismos, no con declaraciones. Primero, criterios simples y explicables: si un líder no puede sostener y explicar una promoción o una decisión con hechos y criterios, la meritocracia muere en percepción. Segundo, evidencia comparable y calibración real: no basta con “tener data”; tiene que ser comparable entre áreas y pasar por calibración seria, porque si cada gerencia juega con reglas distintas, la meritocracia se esfuma. Tercero, evaluar potencial con rigor y no como opinión social: desempeño es pasado, potencial es futuro; potencial no es simpatía, ni juventud, ni “me cae bien”, es una hipótesis que se valida con señales observables como aprendizaje, criterio, adaptabilidad, madurez emocional y capacidad de sostener presión sin romper al equipo. Cuarto, carreras técnicas reales para expertos: si el único camino para “valer” es subir jerárquicamente, pierdes especialistas o los conviertes en jefes sin vocación, y ambas cosas impacta negativamente en la forma como se ejecuta los roles. Y quinto, el feedback continuo debe ser el mecanismo que tiene que brindar legitimidad: el feedback convierte proceso en experiencia, hace que las decisiones se entiendan; sin feedback, hasta el mejor proceso se percibe arbitrario, y un proceso que nadie puede explicar no es proceso, es un detonador.

Entonces, la meritocracia real es cuando el sistema premia impacto y coherencia, no cercanía ni narrativa. Y si RR.HH. no se atreve a proteger eso con evidencia, revisión y consecuencias entonces no estamos hablando de meritocracia; estamos hablando de una narrativa bien diseñada.

¿Qué tipo de información y evidencia debería tener hoy la alta dirección para tomar mejores decisiones sobre talento y dejar de depender de percepciones o intuiciones?

El directorio no necesita “más data”. Necesita evidencia que responda cinco preguntas que sí son de negocio: ¿dónde está el riesgo humano que puede romper el resultado?, ¿qué parte del sistema está degradando el estándar del rol?, ¿qué tan preparada está la organización para reemplazos y cambios?, ¿qué decisiones están generando fuga o desenganche?, y ¿qué intervención vale la pena financiar porque mueve resultados? Si RR.HH. no puede responder eso con evidencia, el C-Level vuelve a lo de siempre: a decidir por instinto.

Entonces, ¿qué evidencia concreta debe estar sobre la mesa?

Primero, un tablero de roles críticos con dos cosas que el negocio entienda: cobertura y exposición. Cobertura es “¿cuánto tiempo puedo operar si se me va la persona en el rol critico?” y exposición es “¿qué tan dependiente estoy de personas puntuales o de conocimiento no documentado?”. Esto incluye, sin excusas, los expertos que sostienen el estándar hoy; si solo miras sucesores gerenciales, estás viendo el futuro y estamos dejando ciego el presente.

Segundo, evidencia de salud del núcleo operativo (no del “talento visible”), como la retención de expertos, rotación no deseada, tiempo de reemplazo y, sobre todo, tiempo a productividad en puestos clave. Ese indicador es importantísimo porque traduce talento a costo y a ejecución, no importa si contrataste rápido; importa cuándo esa persona realiza sus actividades de acuerdo con el rol para la cual ha sido contratado consistentemente.

Tercero, evidencia de la calidad de liderazgo como factor crítico de desempeño organizacional, no como narrativa reputacional. “El líder inspira” ya no es suficiente; hoy es necesario identificar con datos dónde el liderazgo está elevando el estándar y dónde lo está erosionando. Conocer dónde hay jefaturas que están creando rotación, conflicto, ausentismo, incidentes o retrabajos por mala disciplina en la gestión. Eso se ve en patrones por equipo, no en percepciones sueltas. El directorio no necesita nombres en un PPT; necesita focos de riesgo y decisiones: persona a desarrollar, a mover, a reemplazar o intervenir.

Cuarto, evidencia de sucesión real, en un formato que obligue decisión: “está listo hoy, listo en 12 meses o listo en 24 meses” por roles críticos, con criterios de alistamiento claros y evidencia de exposición a complejidad. Si el “listo” no se puede defender con hechos, no es sucesión: es esperanza.

Quinto, evidencia de legitimidad del sistema de decisiones (meritocracia operable). No hablo de “clima” como concepto; hablo de señales que anticipan fuga y perdida de confianza en el sistema organizacional: si la gente entiende criterios, si recibe feedback útil, si percibe coherencia en promociones y oportunidades. Porque cuando la legitimidad se pierde, lo que cambia no es el discurso, cambia la conducta (silencio, atajos, mínima colaboración, “cumplo y me voy”). Y eso sí pega fuerte en una operación minera.

Y cierro con lo que vuelve esto realmente “una conversación de directorio”: todo ese tablero debe venir con umbral + decisión recomendada + monitoreo. Umbral es “si pasa un desvío, entonces se interviene”. Decisión recomendada es “qué se hace exactamente” (movimientos, desarrollo antes del cargo, cambios de líder, rediseño de turnos, inversión en habilidades críticas, ajuste de incentivos). Y monitoreo es revisar esto con ritmo fijo, no cuando ya explotó.

En resumen: la alta dirección debe ver evidencia que traduzca talento en riesgo, continuidad y productividad, pero RR.HH. tiene que llevarla ya empaquetada para decidir. Si lo único que llevas es información bonita sin decisión asociada, no estás gobernando talento. Estás informando… y el negocio sigue decidiendo por intuición.

En conclusión, la sostenibilidad de la minería moderna depende de la capacidad de las organizaciones para transformar la gestión humana en una disciplina de gobierno con ritmo fijo. No basta con poseer tableros de control o listas de sucesión; la verdadera preparación se mide en la capacidad de responder ante la salida de un rol crítico con evidencia de alistamiento y no con acciones heroicas de último minuto. Al priorizar la justicia percibida —donde cada ascenso y decisión es explicable y legítima para la base operativa— y al proteger el conocimiento de los expertos que sostienen el estándar diario, las empresas aseguran su memoria operativa y su eficiencia. En última instancia, si HR logra presentar datos que traduzcan el talento en términos de riesgo, continuidad y productividad, dejará de ser un área de soporte para convertirse en el habilitador estratégico que el Directorio necesita para navegar entornos de alta exigencia.


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